
Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es obscuro; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.
Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. Cada paso del aprendizaje es un problema y el miedo empieza a crecer sin misericordia, sin ceder.
Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda.
No hay nada malo en tener miedo. Cuando uno teme, ve las cosas en forma distinta.
Al hombre que corre por miedo nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento. Llegará a ser un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias de saber.
La respuesta para superar el miedo es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. ¡Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de sí. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora. Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se conquista rápido y de repente.
Carlos Castaneda Enseñanzas de Don Juan